Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 16 de septiembre de 2006

En un pueblo sin nombre. Tercera parte.

Salió a prisa de casa, caminó en dirección a casa de Jose, que era la más cercana. Eran las 6 y media pasadas, las calles seguían silenciosas, tal cual las había dejado. De repente se detuvo en la esquina. Faltaba algo... sí... faltaba... ¡Faltaba el olor a pan recién horneado! La panadería estaba cerrada, como si fuese un día de fiesta, de esos en los que hasta el pastelero cierra al mediodía para ir a la tarde de paseo o al cine. No había ningún letrero de “Cerrado por vacaciones” o algo similar, y en el escaparate seguían los panes, los pasteles, las figuras de dulce, todo en su sitio. No, no habían cerrado.

Caminó más deprisa hasta llegar a la casa de Jose. Abrió la verja tratando de no hacer ruido y rodeo la casa hasta quedar bajo la ventana de cuarto de su amigo. Comenzó a arrojar piedras, como si volviese a llamar a aquel muchacho de 11 años un sábado a la noche para ir a la feria o colarse en el cine en aquella película prohibida. Nadie contestaba. Al fin, fue a la puerta principal y llamó insistentemente. “Que se despierte todo el mundo”, pensó, “Ha vuelto otro veinteañero loco con ganas de fiesta y cachondeo a las 6 de la mañana”. No habrían, no había nadie en casa, no se levantó persiana... la verdad es que para se tan temprano... ¡ya estaban todas levantadas como si fuesen las 12 del mediodía! ¡Y no sólo en casa de Jose, sino en todas las casas, incluida la suya ahora que recordaba! Era como el decorado de un pueblo de cine, perfecto e impoluto. En cualquier momento aparecería Fran Capra y gritaría ¡acción! y alguien saldría de esa casa, sonriente, y la calle se llenaría de gente y una muchacha risueña, bailando se acercaría y le besaría la mejilla “buenos días, despierta, aún estas soñando”.

Pero no era ningún sueño. No era ningún estudio de cine. Era su pueblo, y algo raro había pasado allí, mientras él había estado en la universidad.

De pronto se dio cuenta de que estaba en medio de la calle desierta, mirando alrededor. Miró su reloj de pulsera, eran las 7 menos diez. El encuentro con los amigos sería a las 6 de la tarde en la cervecería, faltaba aún casi medio día y no podía esperar a ese momento para verles e intentar aclarar que pasaba; si es que aparecían claro. 2 días antes había hablado con Jose, habían concretado el reencuentro, y ahora no estaba.

Tomo la calle en dirección al centro, al cine, enfrente vivía Toño, un enamorado del séptimo arte que pasaba tanto tiempo en la oscuridad en una butaca, que ya casi se había convertido en un vampiro de esos que renuevan sus energías tardes y noches enteras absorbiendo la luz de un proyector. Aquel vampiro del celuloide que era capaz de ligarse a todas las taquilleras con tal de ver la peli gratis... y algo más.

Cuando se aproximaba al cine el reloj del ayuntamiento daba las 7. De pronto oyó un susurro, alguien que llamaba. Venía de la esquina de la biblioteca.

- Hey, aquí, Ángel, rápido, ven.

- ¡Jose!

- Calla. Que no nos oigan, entra.

Allí, escondido en la sección biología, estaba su amigo.

- Pero, ¿qué haces aquí, que ha pasado?

- Ya, ya. Supongo que estas tan confundido y asustado como lo estaba yo ayer. No te puedo explicar con exactitud qué sucede, pero puedo contarte lo que he visto desde que estoy aquí.

“Llegué ayer en el tren de media tarde, y como te habrá pasado a ti, me quedé atónito al ver la estación abandonada. Bajé hasta mi casa paseando entre gente que deambulaba de un sito a otro, encerrados en sus propios quehaceres, todo normal, salvo por el hecho de que no parecían darse cuenta de que yo pasaba entre ellos. Cuando llegué a casa mis padres estaban esperándome sentados en el salón, le habían dado un rato libre a mi padre en la fábrica para poder ir a recibirme. Les noté un poco frío y distantes, me saludaron y enseguida me dijeron que tenían que volver al trabajo, salieron por la puerta del jardín y desaparecieron. Cuando me di al vuelta ya no estaban. Me dejaron con unas tijeras de podar en la mano para que podase los setos de patio. Estoy seguro de que tú también tienes de esos setos en casa. En la mía no había nada y ahora los hay, como en la del vecino y en varias mas que he mirado de noche por curiosidad. Son como los setos del parque, de esos ornamentales, pero si te fijas bien, verás que son más robustos y tienen espinas. No me preguntes qué variedad son. Ya se que ahora soy botánico, pero no los he visto nunca antes, y no encuentro referencia en ningún libro.

Estuve un rato en casa, una hora más o menos, colocando las cosas y observándolo todo. Ordenado, limpio, perfecto. De pronto, mi madre reapareció y me volvió a decir que podase los setos antes de que anocheciese. Cogía la podadera y salí al jardín, pero algo me dijo que no tocase esos setos. Me fui a la biblioteca a ver qué podía encontrar sobre esos setos y luego volvía a casa para cenar. Mis padres insistieron otra vez más en que podase los setos, se fueron a dormir y me dejaron podadera en mano otra vez. A penas hablamos durante la cena, no me preguntaron gran cosa sobre mi vida, los estudios, trabajo y esas cosas. Parecía que solo les interesaban esos malditos setos.

Eran apenas las 9 y media, aún era de día y decidir dar un paseo. Entonces me di cuenta de algo muy curioso: sólo había gente por la calle principal, la plaza y el parque, en el resto de calles no había un alma, y no se oía más que el viento. Entré en el café de la plaza a tomar algo y el dueño me dijo que estaban a punto de cerrar, ¡a las 9 y media de un viernes de Julio! Y además añadió “deberías y a casa y acabar lo que te ha mandado tu padre” “el qué” respondí yo, “los setos”. Los setos, los setos.

Al salir del café apareció otra vez mi padre y me acompañó a casa. Dijo que era importante que cortase esos setos, que así mañana llevaría los rastrojos a la finca para abonar, que eran muy bueno para eso. Y además que los cortase antes de que anocheciese del todo. Por supuesto, no corté los setos. Esperé a que anocheciese y caminé a la biblioteca, tenía que pasar algo con esos setos y yo tenía que averiguar qué. Según avanzaba por la calle, una extraña luz amarilla se encendió en una de las casas, y luego otra y otra más allá, y empezaron a moverse. De pronto, sentí algo detrás de mí, allí por la calle avanzaba una sombra negra con unos penetrantes ojos amarillos, y otras más empezaban a salir de las casas ocupando la calle. Corrí a la biblioteca. Por la calle principal había más sombras. No me preguntes qué son, no quise comprobarlo. Algo me decía que huyese y me ocultase antes de que fuese demasiado tarde. Parecía estar despertando, andaban desorientadas, y poco a poco algunas dejaban de dar vueltas sin más y empezaban a moverse con más decisión. Cuando llegué a la biblioteca, una sombra salió de su interior. Me colé dentro y cerré la puerta con llave. Después de cerciorarme de que no había más dentro, seguí revisando libros buscando los famosos arbustos. Las sombras se quedaron caminando por la calle toda la noche, al menos hasta que yo me quedé dormido.

Me desperté esta mañana hace una hora, primero con el reloj del ayuntamiento luego con el silbido del tren. Tú llegabas en ese tren, pero no fui a recibirte. Quizás hubiese sido peligroso. Sabía que acabarías pasando por aquí cerca”

3 comentarios:

Kiko dijo...

je. Definitivamente mola tu historia, sí.
A ver si escribo yo algo...
chao

Kiko dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Mario dijo...

No está mal. Un poco surrealista, sí. Tengo curiosidad por ver cómo continúa.