Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 16 de septiembre de 2006

Cambio de estación

Dentro de unos días despediremos el verano y daremos la bienvenida al otoño, a ese tiempo de hojas secas y clima templado-frío, ese tiempo de brujas y de misterio, de "gentes de lluvia" como decía Bradbury. Ya sea el 21 de septiembre, o el 23, día que dicen ahora que es más exacto para el equinocio de otoño, comienza oficialmente el otoño.
Y digo oficialmente porque, aquí, en este pueblo que esta de fiestas estos días, parece que se ha adelantado un poco. Empieza a estar fresco, eso de bajar de 20 grados a 13 de un día para otro se nota. Quizá hoy ya vuelva a hacer más calor, quien sabe. Pero lo que está claro es que el tiempo está loco, que tiene antojos y se niega a amoldarse a las divisiones que hemos creado como si fuese un niño rebelde.
No es nada nuevo, pero, yo no podía ayer si no pensar cómo sería si las estaciones estuviesen definidas con exactitud, si el 22 de septiembre tuviesemos los 25 o 30 grados de rigor y al día siguiente nos levantasemos a diez grados. Si de repente todas las hojas de los árboles se secasen y cayesen, todas las uvas estuviesen listas para ser vendimiadas y nos encontrasemos de golpe y porrazo, de la noche a la mañana, en una nueva estación en todo su esplendor. ¿Sería quizás más práctico? Bien pensado en un rollo el no saber qué ponerse cada día, si hace frío, si llueve, si te repente vuelve a hacer calor y tienes que sacar otra vez del armario la ropa de verano. Si las estaciones estuviesen perfectamente divididas y fuesen estables, sabríamos qué ibamos a usar durante 4 meses, y que, justo por navidad, tendríamos que ponernos un jersey más gordo que no apearíamos hasta el mes de marzo.
Más práctico sí, aunque quizá un poco monótono y aburrido. Eso sí, el día del cambio sería una verdadera fiesta, seguro que la gente se quedaba en píe toda la noche para ver como de repente las hojas se caen, o se pone a nevar, o florecen las plantas.
Quizá algún día en este mundo cuadriculado en que vivimos, el hombre llegue a controlar la naturaleza hasta tal punto. Yo dudo que eso suceda, es más, espero que no suceda. La naturaleza es más sabia que caprichosa, y día a día nos recuerda con sus cambios, esos que nos causan asombro y son comentario usual, que ella es la que manda, y que nosotros no somos más que una pequeña parte de ella, aunque nos las queramos dar de listos.