Después de la sonrisa
después de aguacero
sobre la piel de terciopelo
aún te siento:
Los ojos cerrados
enredados en un beso
el aroma intenso
cuando por fin te encuentro.
Bañado en tu lluvia
acariciando tu cuerpo
mi rostro en tus senos
yo sin aliento
al ritmo acompasado
de tu latir frenético
de tus ojos cerrados
y tu sonrisa en ellos.
Me mece la nueva calma
del mar de tu pecho
y la seda de tu cabello,
sendas de azabache negro
sobre tu piel clara
brilla con el deseo:
gotas prendidas en negro,
sed sobre tus labios
gotas de rojo intenso.
Sacudidos por la tormenta
arañados por el viento
por rayos y truenos marcados
ardiendo por dentro,
guardando vivas las ascuas
en ese lugar secreto;
con los dedos entrelazados
invocamos de nuevo al fuego.
- ¿Le duele ahí?
- No.
- ¿Y ahí?
- Tampoco.
- Veamos si aquí... - El médico golpea con más fuerza.
- No, no no siento dolor.
- Déjeme probar con esto. Ahora, ¿siente algo de frío?
- No, no, nada especial.
El médico desaparece de la consulta con aire extraño. Miro al techo de la consulta y luego observo los árboles del patio interior a través de la ventana. Es un hospital construido hace por lo menos 20 años, y, digan lo que digan, se me hace mucho más humano que los hospitales de ahora. Los de ahora parecen cajas de plástico antisépticas con blanco manchado de colores en un intento fútil de suplir la presencia de árboles y plantas o de una arquitectura orgánica, humana.
- Mire, no se observa nada en el examen externo. ¿Desde cuando le duele, me dijo?
- Desde el lunes. Comenzó como una pequeña molestia pero ha ido aumentando. Anoche tuve que tomar un paracetamol para poder dormir.
- Desde el lunes. Hoy es jueves. 4 días. ¿Y ha tomado mucho paracetamol?
- No, sólo anoche. Hoy, como me venía al médico, decidí no tomar nada.
- ¿Paracetamol de 500?
- Sí, de 500.
- ¿Y ahora siente ese dolor?
- Sí, es un dolor sordo, me coge media cara hasta el ojo. Pero no me molesta cuando usted me toca. No siento nada a la presión, está ahí sin más.
- Ya. Bueno mire, para descartar otras posibilidades vamos a hacer una radiografía, ¿le parece?
- Por mi perfecto.
Cambiamos de sala y me toma la radiografía. Espero unos minutos mientras la revelan. Veo al doctor conversar con una enfermera o quizá sea otra doctora. Va y viene todo el tiempo. De pronto, entra otra persona vestida de blanco para hacerle firmar unos papeles. Por fin, se dirige a mi.
- Mire, en la radiografía no se observa nada.
- ¿Y entonces?
- Esperemos unos días, tome paracetamol cada 8 horas, como ha hecho anoche.
- ¿Eso es todo? ¿No tengo nada?
- Bueno... ¿En qué trabaja ud.?
- En el museo local.
- ¿Y es un trabajo cansado?
- No más que otros.
- Pero estos días, ¿está con más trabajo del habitual?
- Sí, quizá sí. Han sido 15 días de mucha actividad, y se viene más.
- Entonces puede ser estrés.
- Puede, pero no me siento cansado ni agobiado. Es bastante trabajo, pero son actividades que me gustan.
- Eso no excluye el estrés. Ud., ¿Vive solo?
- Sí,
- Claro, es soltero. Y tiene 35 me dijo.
- Sí.
- Y cuando sale del trabajo, ¿qué hace?
- Pues normalmente, si no tengo ningún compromiso, me voy a casa a descansar, o me voy a tomar una cerveza con los amigos, o a la emisora de radio, depende del día.
- Pero siempre llega a casa, solo...
- Sí...
- ... y duerme solo, y no tiene con quién hablar, con quien desestresarse
- Bueno...
- Ahí está su problema. ¿No lo ha pensado? Ud. necesita a alguien con quien vivir, con quien hablar por la noche, con quien desestresarse. Tampoco tiene hijos, ¿verdad?
- No, tampoco tengo hijos.
- ¿Y a qué espera? Imagínese. 35 años. ¡Cuando sus hijos estén en la universidad ud. ya estará con bastón!
- Osea, que mi dolor es causado por el estrés...
- Entre otras cosas, pero sí es un factor importante. Mire, siga con el paracetamol unos días más. Si le sigue doliendo, o si el dolor aumenta, venga a verme el lunes. Y piense en lo que le he dicho. Conversación en la consulta de un dentista, Coca, Junio de 2017.
Quisiera tejerte un tapiz de flores
para que perfume la estancia y con tu luz
brilles mariposa envuelta en colores
translúcida con vestido de noche
en tu pelo negro reflejos de azul.
Quisiera tallar rubíes y diamantes
destellos de plata y rojo pasión
en tu cuello breves estrellas fugaces,
los deseos de noches estivales
futuros prendidos en el corazón.
Quisiera cubrirte con finas sedas
que dancen en tus curvas al compás
del viento que hace bailar a las velas
y te estremece con suaves caricias
meciéndote como las olas del mar.
Quisiera traerte especias de oriente
canela, incienso y flores de azahar,
la plata que hace brillar Silene
y la caracola que suave cuente
a tu oído canciones de agua y sal.
Mas no tengo más que estos pobres versos
estrofas que rompen esta soledad
incendios agitándose en mi pecho
los labios para cubrirte de besos
y la flor más bella que se pueda amar.
Este año se conmemoran 50 años de aquel verano del amor de 1967,
aquel verano de los jóvenes con flores en el cabello caminaban por las
calles de San Francisco en California, EE.UU., y por otras calles y
plazas de otras ciudades a lo largo de Estados Unidos y poco después
también replicando su ejemplo, en otras calles y plazas del mundo.
La
cultura hippie fue uno de esos movimientos culturales -o
contraculutrales- que floreció en los años 60, una época en la que el
cambio parecía posible, en la que una nueva generación que no había
vivido ya los sucesos de la segunda guerra mundial, o la postguerra, una
generación que se había criado en aquella norteamérica del crecimiento
económico, de los avances tecnológicos, del rock 'n' roll, ansiaba
romper con la rigidez de una sociedad tradicional, asentada sobre
costumbres, valores y modos que no respondían ya a un mundo cambiante.
Era
una generación y una sociedad que abogaba por acabar con la
discriminación racial, apoyando el movimiento por los Derechos Civiles,
que criticaba el intervencionismo militar oponiéndose a la guerra de
Vietnam, que no tenía miedo a esgrimir consignas pacifistas o
revolucionarias, que reivindicaba la figura de aquellos que, décadas
antes y por haberse atrevido a hablar, fueron silenciados acusados de
falsos crímenes como el ser comunista.
Una generación
abierta también a la experiencia, a experimentar nuevas formas de vivir,
de organizarse como sociedad, de expresar su sexualidad, de manifestar
su arte, de tener otras vivencias a través de el abrazo de otras
religiones o experiencias místicas o espirituales, a través de la
experimentación con drogas, o con otras sustancias también.
En las raíces de esa generación estaban quizá las letras de aquel The Times They're a-changing de Bob Dylan, o de aquel If I Had a Hammer
de Pete Seeger, padrino de toda una nueva generación de cantautores. Y
es que la música fue una parte esencial y aglutinante de todo ese
movimiento: cualquier manifestación cultural y social iba acompañada de
música: We Shall Overcome, himno del movimiento pro Derechos Civiles, es
quizá el mejor ejemplo. En la música se daba además ese mestizaje que
el establishment, la sociedad tradicional no permitía: el rock 'n' roll
era la fusión de ritmos negros y blancos, el blues empezaba a saltar las
barreras étnicas, el jazz lo haría poco después, como poco después
aparecería también el country-rock, sin olvidar que fue la época en que
se dio el salto y se abrieron las puertas a la fusión con otros músicas
del mundo: artistas sudafricanos como Miriam Makeba o Hugh Masekela
traían sus ritmos, Ravi Shankar sonaba en todos los festivales hippies, y
canciones como Guantanamera se convertían en éxitos en una sociedad anglosajona donde lo latino todavía tenía un gran camino por recorrer.
Esta
auténtica explosión y fusión musical de aquellos años 60 del siglo XX
es quizá lo que más ha permanecido patente en nuestra sociedad de
consumo actual, y es quizá por eso que se ha desvirtuado la herencia de
aquella generación y aquel movimiento cultural que fueron los hippies:
no todos los artistas que surgieron en los 60 eran representantes de
este movimiento o vivían de acuerdo a sus principios, sucediendo además
que los grandes iconos musicales, entronados en el Olimpo, fallecidos
jóvenes (Hendrix, Joplin, Jim Morrison) no eran los grandes
representantes del movimiento. Una herencia desvirtuada porque en
nuestro afán por lo escabroso y lo prohibido, mucha de la prensa y la
literatura se ha centrado en la cultura de las drogas ("la única cosa en
la que nos equivocamos", en palabras de David Crosby, uno de los
mayores representantes de aquella cultura hippie). Una herencia
desvirtuada porque los que hoy día reciben el nombre hippies (los
jóvenes de aspecto desaliñado, vistiendo diferente, fumando, viajando a
lo mochilero, etc.) poco o nada tienen que ver en su forma de vida con
la filosofía de aquel movimiento contracultural de los 60. ¿Dónde está,
por ejemplo en estos nuevos hippies, el compromiso social, de lucha, de
pacifismo, dónde la filosofía de un Sartre, o el discurso de un Martin
Luther King? Evaporado y olvidado tras una apariencia estética que, tras
una imagen superficial oculta un interior hueco.
En la
década de 1960 el interior estaba lleno de un compromiso social y
personal marco por una serie de valores, que junto a esa nueva forma de
vida, a esa nueva forma de organizar la sociedad, de vivir, hacía de los
miembros de este movimiento personas comprometidas con la lucha pro
Derechos Civiles, el pacifismo, o un primer ecologismo. No es de
extrañar que muchos de ellos desfilasen en las marchan en contra de la
discriminación racial, protestasen en contra de la guerra de Vietnam,
contra el bloqueo a Cuba, o que, ya en los 70, encabezasen algunos de
los principales movimientos ecologistas como aquel No Nukes en contra de
la energía atómica. Y no es de extrañar que las letras de muchas de
esas canciones hablasen precisamente de estos temas: canciones protesta,
canciones con contenido social, canciones políticamente no correctas.
¿Qué
queda hoy de todo esto? Queda el testimonio: las canciones, las
películas, los documentos, las historias, todo eso que los mass media y
esta sociedad de consumo trivializan difundiendo únicamente la
superficie, la imagen de ruptura hoy ya idílica, haciendo de serigrafías
del Ché o de Jim Morrison estandartes de "algo" que en realidad no es
"nada". Y quedan también las voces, aún vivas de muchos de esos hippies
que, ya quizá fuera del candelero de la fama, han seguido cultivando un
estilo de vida, o han seguido manteniendo una filosofía personal, un
compromiso social y político. Quizá no aparezcan ya en la televisión,
quizá no convoquen masivamente a jóvenes en conciertos, quizá su música
ya no suene en todas las radios, pues sigue siendo una música incómoda
(quizás mucho más incómoda ahora, pues el ejemplo de quien canta es
totalmente incómoda a los ojos del orden social actual), pero están ahí.
Estos
días se publica el primer sencillo del nuevo LP de David Crosby. Una
canción, un ejemplo que me ha hecho soltar la pluma y escribir este
pequeño artículo. Que 50 años después, este hippie de corazón siga
haciendo música, y lo haga por amor al arte, floreciendo de nuevo
creativamente, rodeándose de músicos jóvenes, reinventándose una vez
más, me ha parecido uno de esos ejemplos indelebles de que la esperanza
nunca se pierde, de que todo cambio es posible, y de que siempre,
siempre queda algo. Algo se mueve un milímetro, algo cambia,
imperceptiblemente, pero lo hace. Después de las drogas, de los excesos,
de la fama, de los millones de discos dólares, si en el fondo estaba el
compromiso y el arte, estos son los que quedan, los que permanecen, y
esa energía y vitalidad de She's got to be somwhere, el nuevo sencillo
de David Crosby, y esa sonrisa en el directo, son la prueba de ello. 50
veranos después del verano del amor.