Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 27 de febrero de 2016

Sombras (de Grey) a plena luz del día

Recuerdo vívidamente aquel pasaje de 1984 de Orwell en el que aquella mujer de barrio bajo cantaba mientras hacía la colada la última canción que un tiempo antes, algún oscuro funcionario había compuesto para ellos -para la clase social de ella-, algún tiempo antes; una canción simplona, que no decía nada interesante o inteligente en su letra, pegadiza y grotesca a la vez.

Hace algo más de un mes, en las ardientes playas del río Coca, en pleno oriente ecuatoriano, la agradable charla con los amigos, sentados en la orilla del río, se veía salpicada por las risas y los juegos de un grupo de adolescentes, que unos metros más allá, disfrutaban también de la tarde. No podía faltar la música, claro. Una música que zumbaba en mi oído, yo ausente a sus palabras, absorto en mis pensamientos contemplado el río, hasta que una amiga comentó "¡qué músicas escuchan estos wambras!".

La canción decía algo así como "quiero atarte a la cama con tape, y hacerte las 50 sombras de Grey". No recuerdo mucho más de las rimas zafias y groseras de la canción. Pero era tan pegadiza que aún la puedo escuchar en mi cabeza e incluso tararearla. Y cualquier sencilla búsqueda por internet, dará con el título y el vídeo del reaggeton de moda, pues inunda con seguridad todas las redes y todos los pubs.

¿Quién escribe estas canciones? ¿Cuál puede ser su inspiración, su motivación? ¿Es arte? ¿Es sólo interés económico? No encuentro cómo justificarlo por el simple amor de crear de un artista; tampoco creo que sea simplemente por hacer dinero. Me da la sensación de que hay algo más detrás de ella, algo más sórdido, oscuro, maquiavélico, más terrible que las letras de la canción.

Nos enseñaron de niños a huir del terror de las dictaduras y los regímenes totalitarios, ya fuera soviéticos o de otro corte político. Todavía hoy lo hacen: si alguien se para a ver los últimas películas de ciencia ficción de moda entre los adolescentes y veinteañeros (Los juegos del hambre, Divergente, El corredor del laberinto,...) se dará cuenta de que todas giran en torno a lo mismo: una sociedad totalitaria opresora, un pueblo sumiso y drogado bajo los dogmas del estado totalitario, y un joven que de pronto despierta ante tanta injusticia y se convierte en un héroe (a menudo superhéroe) que lucha contra el terrible estado totalitario y dominador. Podría haber sido el argumento de cualquier película de los años de la guerra fría, aunque entonces no necesitaban disfrazar la fantasía de distopía adolescente.

Una vez más me pregunto quién es el director de orquesta. Quién tira de los hilos en esta sociedad totalitaria que vivimos, en la que ya no hacen falta las calles oscuras y sucias imaginadas por Orwell hace más de medio siglo, donde el estado totalitario se ha caído por su propio peso y ha sido sustituido sutilmente por un orden superior totalitario, un sistema tan bien urdido que la ilusión de la democracia parece perfecta, donde no hay excluidos sino desigualdades sociales producto de políticos groseros y grotescos, donde las oportunidades se abren y se cierran según la voluntad o las capacidades de cada uno, donde uno es dueño de su propio destino y labrador de su futuro. Donde no existen leyes, pues estas están para ser hechas para ser serviciales o incluso serviles.

El espejismo es tan perfecto que nadie se da cuenta de qué vive hasta que llega a los verdaderos límites del sistema, ahí donde el videojuego de El mundo conectado de la novela de Daniel Gayoule se vuelve difuso y sin programar despertando todas las verdades. El sistema, no obstante, se protege para que nadie llegue hasta allí. Muy pocos lo logran y prácticamente ninguno vive para contarlo: los autoexcluídos, los antisistema, los que dicen vivir al margen de él, son automáticamente clasificados, en lugar de excluidos, por el propio sistema y pasan, sin saberlo a ser parte de él. Otros acaban renunciando a la verdad que han descubierto y como el protagonista de 1984 repiten la falsa realidad cargando la procesión de la realidad última y verdadera por dentro. Si volverán a luchar por ella no morirán comidos por su fuego interno, nunca lo sabremos.

Todo lo que podemos hacer es seguir las pistas hacia ese borde del mundo, hacia ese titiritero que orquesta nuestra realidad, esa construida en base al embrutecimiento del pueblo, con canciones groseras, ritmos adictivos, chistes de humor zafio donde la mejor mofa es la que se hace sobre el arte y la cultura, no sobre los políticos y menos aún sobre el sistema: si hace calor, la estatua de la libertad se despoja de su manto y muestra su sexy cuerpo, la Gioconda se corta el pelo, y los vecinos del barrio convierten oxidadas bañeras y tanques de agua en improvisadas piscinas donde llegadas las lluvias, proliferará la Chikungunya o el Skia o el último mosquito mutante creado vaya usted a saber dentro de qué cuatro paredes pintadas de blanco laboratorio. Todo mientras el vecino de arriba, ese que vive en las afueras de la ciudad, se compra su última piscina desmontable de arte kitch, paga con una palmada en el hombro a un sudoroso operario marcado por el acne, y se relaja, con una copa en la mano y su mujer en la otra, mientras piensa cómo va a hacer para pagar el próximo recibo de la tarjeta de crédito.

La función se repite. Bailaremos las 50 sombras de Grey, tendremos múltiples orgasmos hasta que la cinta de tape con la que nos hemos dejado atar empiece a hacernos daño. Entonces culparemos a nuestra mala suerte, o a la buena suerte del vecino, y comenzaremos de nuevo, cada vez con menos, bailando al son de la última creación de esos que viven cada día más solos jalando de los hilos que mueven al resto, perpetuando un orden que no es nuestro, sino solamente suyo.