Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 6 de julio de 2015

Gracias por decir NO

Tenemos que pagar nuestras deudas. De acuerdo. Pero, ¿a quién debemos nuestras deudas? ¿Quién es el que dice cuándo vencen los préstamos? ¿Quién nos hizo los préstamos?
A fin de cuentas, ¿tenemos deudas?, se preguntarán muchos.

Y es que hoy día en nuestra sociedad se nos hace deudores de todos nuestros males, se nos hace responsables ante otros por todos los beneficios que hemos gozado hasta ahora, como niños despilfarradores.
Al principio, uno calla, agacha la cabeza arrepentido y paga sus deudas. Luego, cuando ve quiénes son los que se alzan como acreedores, empieza a dudar si realmente les debía dinero a ellos. Unos entonces negarán la deuda, otros seguirán con la cabeza gacha.

Ninguna de las dos posturas, por desgracia, es la acertada. Negar la deuda es un error: sí, somos deudores. Callarse, es dejar de existir como ser humano y convertirse en un subproducto de aquellos que piensan por uno, no es admitir culpa, es dejar que nos asignen una culpa, propia o ajena, y esto es más terrible que la negación.

Hoy muchos ciudadanos, esos que aún no han agachado la cabeza y olvidado que lo son, reniegan de falsas acusaciones y se declaran libres de deuda: ¡no debemos un sólo centavo a los bancos, las multinacionales! Y tienen razón, pero eso quiere decir que estén libres de deuda. Es falso negarse a pagar.

No, no debemos a los bancos. Pero sí, tenemos deudas pendientes. Nuestras deudas están con nuestros padres, con aquellas personas que junto a ellos y antes que ellos, invirtieron vidas, tiempo, recursos, energía, sangre, en conseguir que nosotros estemos hoy donde estamos. Nos debemos a todas las personas que, después de la 2ª Guerra Mundial se sentaron y escribieron los artículos de la declaración de los derechos humanos, a las personas que lucharon por lograr la actual jornada laboral de 40 horas semanales, las que trabajaron por sueldos dignos en los distintos trabajos, por caminar hacia la igualdad entre hombres y mujeres, por el derecho a la tierra, por el derecho a la educación pública y gratuita, por el derecho a la sanidad pública y gratuita, por las pensiones y la seguridad social, y por un largo etcétera más.

No creo que haya ninguna persona en mi círculo de amistades que haya nacido con un plato sobre la mesa, nadie que haya heredado un enorme latifundio o cortijo, que sea descendiente de algún título nobiliario; nadie cuyos padres hayan vivido de réditos sin trabajar, nadie que no haya tenido que hacer cuentas para llegar a fin de mes, nadie que no venga de un pasado donde no había nada, salvo un pueblo donde la gente aplastaba terrones sembrando campos en una vida y una economía de pura supervivencia, movidos por al inercia del vivir, y el sueño de que las futuras generaciones no viviesen sólo por esa inercia.

Todo lo que tengo se lo debo a esas personas que soñaron y sembraron en contra de la inercia. Que desamortizaron, que cortaron cabezas a los reyes, que creyeron en un estado sin diezmos ni tributos, sin sangres de otro color que la roja. Es con ellos mi deuda diaria, y sé que esa es la deuda de todos los que me leen en estas líneas.

Soy deudor. Somos deudores. Pero nuestros acreedores no son los bancos, no es un estado movido por intereses oligárquicos y corporativos. No tenemos que pagar de nuevo diezmos ni tributos, esos ya fueron pagados y abolidos por aquellos a los que nos debemos. Paguemos nuestra verdadera deuda, no esa que nos imputan falsos acreedores ávidos de mantener un modelo social y económico que no guarda relación alguno con nosotros. En Grecia ya lo están haciendo. Es fácil. Nuestra deuda no necesita dinero para desaparecer, solo necesita coraje para levantarse, acallar todas las mentiras y decir un rotundo NO.