Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 15 de enero de 2015

Más allá de Neptuno

Leo en la prensa que los científicos han encontrado otro cuerpo celeste orbitando más allá de Neptuno. Me pica la curiosidad, y buscando por internet me encuentro con que el Sistema Solar es más grande de lo que yo estudié cuando era niño, que más allá de Neptuno no está sólo Plutón, sino que le acompañan una serie de pequeños planetas, orbitando en las más lejanas de las elipses que rodean a nuestra estrella.

La curiosidad humana, y los ojos cada vez más precisos creados por el hombre, poco a poco van desvelando misterios del cosmos y dejando nuestra ventana abierta a otros nuevos. Esta noche, vuelven de nuevo, a despertar en mi esa impaciencia del niño que, temeroso pero atrevido, con su mirada perdida en la oscuridad del cuarto y los pocos sonidos de la noche, comienza a preguntarse una y otra vez qué hay más allá. ¿Sé podrá llegar más allá? ¿Se podrá mirar más allá? Si se puede, ahí quiere estar él. De pronto el vasto cosmos se hace pequeño, lo puede recorrer en un sueño, lo puede abarcar con sus brazos, desde ahí mismo, en su cama-nave espacial, en su vida que empieza como un sueño que poco a poco se deber ir forjando realidad.

Aún embriagado de esa excitación, de ese miedo aventurero de la infancia, vuelvo la mirada al computador, a los otros titulares de este diario digital, esos que en esta noche tropical brillan sin la fuerza y el frío enigmático de esa foto del azul Neptuno, y no puedo sino reparar en cómo aquellos sueños de niño, los míos de los de todos los demás niños, se han ido apagando, el hierro incandescente se fue apagando a golpes en una fragua preconcebida y manipulada por un orden preestablecido por... ¿por quién? ¿Quién pudo no querer soñar, quién pudo, aún niño, abandonarse a la codicia y la avaricia y encerrarse en si mismo y regar sangre por su terruño creyendo que así lo defiende de otros y perpetúa su estirpe? ¿Quien pudo ser tan ciego como para olvidar que es la luz de la luna la que ilumina los campos en la noche, y el calor del sol la verdadera y única luz que les da vida?

El periódico chorrea sangre y odio, y huele a avaricia, egoísmo y sucio dinero manipulador una vez más. Cambio de página con rabia y me pregunto, una vez más, ¿por qué, por qué no podemos invertir nuestros esfuerzos, nuestro vil dinero, nuestra tantas veces contenida rabia en mirar más allá, en aprender a ver? Suena a utopía, lo se, como se que ya hace tiempo que arranqué esa palabra de mi diccionario personal. Por eso hoy me vuelvo práctico y pienso: ¿porqué no podemos gastar todo el dinero y esfuerzos que gastamos en guerras, en viajar más allá? ¿Si es necesario el gasto en tantas cosas superfluas y dañinas para el ser humano para poder mantener la economía, por qué no mantenerla gastando todo el dinero en buscar en viajar más allá, en abrirnos al cosmos?

Reconvirtamos la industria bélica en una industria espacial. Hagamos del conocer el cosmos nuestra meta. Dirijamos nuestra rabia no hacia nuestro vecino sino hacia el propósito de desvelar el misterio que encierran un billón de estrellas. No hay utopía en ello. Es simplemente un reencauzar nuestros esfuerzos y nuestro trabajo diario. Fabriquemos telescopios y naves espaciales en lugar de armas y venenos.

Y quizá, sólo quizá, de paso nos descontaminemos en el proceso de tantos años de odio y mentiras y podamos abrazar las estrellas con nuestras manos limpias y abiertas. Esto último no lo puedo asegurar, forma quizá parte del alma de filósofo del niño. El resto, está en nuestra caja de herramientas. Construyamos. Démosle una oportunidad al mañana.