Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 28 de octubre de 2014

Repartir la pobreza, descubrir la pobreza

Estos días de corrupción galopante he deseado más de una vez ser un nuevo Robin Hood que con aire de bribón y sabio justo quite a esos indeseables ricos las fortunas que han robado y las reparta entre el pueblo. Cuántas veces hemos soñado con un reparto equitativo de la riqueza, con unos sueldos justos y equilibrados, unos impuestos que graben al que más tiene, un sistema, un modo de hacer que todos puedan tener lo mismo, disfrutar lo mismo, adquirir lo mismo.

"No se puede", me contestan los rectos. "Los pobres de este mundo no pueden tener lo mismo que los ricos, no hay para todos, es imposible". Pues saben señores, tienen razón, no se puede. No hay como. Y sin embargo, sí podemos ser todos iguales, sí podemos crecer sin discriminaciones ni abusos. Simplemente estamos planteando mal en concepto: no se trata de repartir lo que tenemos, de proporcionar medios para que el que no tiene pueda tener. No. Se trata simplemente de no tener.

La gran lacra del sistema, de la sociedad actual es nuestra imperiosa necesidad de tener más y más bienes. Evidentemente, no hay suficiente para todos. Y evidentemente no necesitamos todo eso. No son más que necesidades creadas. No las necesitamos, la solución, la verdadera felicidad no se compra teniendo bienes, sino no teniéndolos. No necesitamos repartir la riqueza, necesitamos aprender a no querer ser ricos.

Esa es la solución a todos los males y problemas actuales. No se puede sufrir o enfermar por algo que no se quiere. Aprender a se pobres, como sinónimo de ser felices y sanos, es la gran tarea pendiente que tenemos. La enseñanza que hemos olvidado y que debemos volver a aprender para dejársela como el más preciado regalo a nuestros hijos.

El camino no va a ser fácil. Tenemos que desandar el camino de la riqueza, un camino que nos ha hecho adictos, y como la droga que es, ahora nos toca desengancharnos. Aprender a vivir con poco o nada, y disfrutar de ese poco o nada, descubrir la magia de una pobreza que quita el hambre, que sacia, que torna realidad los sueños de todos y cada uno de los millones de habitantes de este maltrecho planeta.