Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 24 de junio de 2013

Comprometerse

La noción que tenemos de los hechos que vivimos cambia bastante según la óptica que tomemos al vivirlos, pero también a la profundidad con la que nos impliquemos en ellos.
Esa es más o menos la conclusión a la que llego estos días, dándome cuenta que todo es al final una delicada balanza de equilibrios, entre intereses personales e intereses comunes.

Pongo como ejemplo mi propia experiencia. Cuando llegué a este interesante proyecto acá en la selva, todo me parecía casi maravilloso, y aunque encontraba algunas cosas inadecuadas en mi día a día, en el conjunto del proyecto parecían simplemente como pequeños rayones en una mesa nueva. Uno con alegría los pulía y cuidada de que no se volviese a rayar la mesa. Entonces yo no era más que uno del montón, metido dentro del engranaje del proyecto, dedicado a mis obligaciones. No quiero decir que me aislase en mi trabajo y me olvidase del resto de piezas del puzzle, pues soy incapaz de hacerlo, pero me doy cuenta de que hay cosas que uno no ve desde ciertos puestos, incluso aunque sea una persona responsable y preocupada por todo cuanto sucede a su alrededor.
Un par de años más tarde, por azares del destino acá en la selva, me hacen responsable de tamaño colegio, y, de pronto, lo que parecía una casa que apenas necesitaba una ligera mano de pintura, se torna ante mis ojos en un caserón lleno de goteras en el que las cosas funcionan a medias, y en el que no hay suficientes manos para arreglar todos los desperfectos, muchos de los cuáles se antojan estructurales y muy difíciles de cambiar.

La casa no se había echado a perder en dos años, no, simplemente había cambiado mi punto de observación y mi responsabilidad respecto a la casa. Ahora estaba encima, al cargo de la casa. Era responsable de ella. Mucha gente, ante esa responsabilidad, mirará para otro lado, o comparará sus problemas con los de algún semejante que esté igual o peor que él y dirá: "no es para tanto", y seguirá viviendo y trabajando sin más, a pesar de las goteras del techo; otros, intentarán desesperadamente de tapar todos los huecos para aparentar que todo funciona perfectamente; y otros empezarán a dejar de dormir soñando y sudando despiertos, sacándose el aire día a día por intentar arreglar en desaguisado y sacar adelante "algo" que no sea una mentira llena de retales.

Para mi suerte o desgracia -no me atrevo a elegir- pertenezco a este tercer grupo. Si las cosas no funcionan, o no funcionan del todo bien, sigo y sigo y sigo hasta que encuentro una manera de hacerlas funcionar mejor, hasta el punto incluso de que esto me lleve a tirar piedras a mi propio tejado, es decir, reconocer públicamente lo que no funciona, los errores actuales. Creo que es parte de ese compromiso y responsabilidad que uno ha adquirido.

El problema viene cuando la casa se le viene a uno encima a pesar de todos los esfuerzos que hace por enderezar la estructura, y se agota y no ve posibles soluciones al alcance de su mano. ¿A qué se debe eso? ¿Qué hacer entonces? Muchos dicen que eso es resultado de haber perdido la fe, la ilusión que uno tenía cuando empezó. No lo creo así. Si una persona pierde la ilusión en algo, lo deja de hacer, o lo hace de una manera autómata. Si se pelea, y sigue desesperándose, aunque la casa se le venga encima, es que aún tiene algo de fe e ilusión en que las cosas puedan ser de otro modo.
Y sin embargo algún cambio ha de producirse. Uno no puede evitar en estas situaciones mirar atrás, a ese comienzo en que todo era casi perfecto. Haciéndolo me doy cuenta sin embargo de que la diferencia con el presente no está en la fe y la ilusión, sino en la posición y responsabilidad ocupadas entonces y la ocupada ahora.
Un pie comienza entonces a moverse hacia el otro platillo de la balanza: ¿volver a una posición más cómoda, donde todo parece que funciona, o seguir implicado en el proceso hasta la médula? Difícil elección, sobre todo cuando ya se han probado ambas. ¿Cuántas veces nos implicamos realmente en lo que hacemos? ¿Cuántas otras observamos y actuamos egoistamente, desde dentro o desde fuera? ¿Cuántas veces abandonamos y huimos? ¿Cuántas veces nos vamos, sin embargo, conscientes y seguros de que hemos cumplido?
Difícil es, sin duda, responder a estas preguntas.