Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 16 de septiembre de 2012

La infancia

Pasan los años, sí, pasan.

Al principio no nos damos cuenta, y luego, de pronto, un día comenzamos a decir "¿te acuerdas cuando...? Y es entonces que nos daamos cuenta de que ese cuando ya no se refiere al fin de semana pasado, al verano que ya acabó, ni siquiera al curso pasado. Hace ya muchos años de ese cuando. Hemos crecido, hemos cambiado nuestras vidas, y los chistes de jóvenes universitarios ya no son contemporáneos nuestros, sino que nos recuerdan a unos jóvenes a los que ya no pertenecemos.

¿Cuándo cambiamos de club, cuando se produjo ese paso de esa edad en la que el tiempo es eterno y uno crece sin darse cuenta, a esta otra en la que nos damos cuenta que cada día somos más adultos y más viejos?
Un cápitulo de la vida, de mi vida y de la de muchos otros como yo, se cerró a los 25 o 26, cuando acabamos la universidad más o menos. Y lo más curioso, es que tarda uno varios años en darse cuenta. Son unos años de transición en los que uno comienza a labrar su propio camino en la vida, ha buscar su sito lejos del cobijo de los padres o del colegio. Durante esos años, se reencuentra uno de nuevo con los amigos de siempre, los "amigotes", y se toma unas cervezas, y se ríe una vez más de cosas estúpidas. Pero, poco a poco, los amigos de siempre cada vez se hacen más lejanos, y, aunque uno no pierde contacto con ellos, ya no se entera de lo que le pasó a fulanio la otra noche, ya no recibe las noticias tomando cortos, o sentado en el césped del campus. Las noticias llegan via e-mail y son breves relatos que abarca meses o años de vida; relatos que uno lee y contesta relatando el resumen de su propia vida en los últimos seis meses. Es entonces que uno mira atrás pensativo y se da cuenta de que la misma anéctoda de siempre, aquella de segundo año de carrera, ya no tuvo lugar hace un par de años, sino que han pasado ya 10 años de aquello, que uno ya no es universitario, que está ya en otro "grupo de edad" y que lleva ya varios años camiando por otros senderos de la vida. Y para cerciorarsse, sólo hay que caminar un día al campus, o hablar con un veinteañero, y ver cuán distintas son ya las palabras de éste y las propias de un mismo.

La infancia (y adolescencia) empieza a ser algo bonito, algo añorado, una época dorada en la que todo era perfecto, en la que no nos podía pasar nada, y en la que alimentábamos nuestros sueños, con los mil y un colores del día a día, preparándonos para dar el gran salto a la vida un día en que ya no fuesemos conscientes de que sabemos saltar. Nuestra vida pasada, esos primeros 20 años de nuestra existencia, se convierten en el más preciado de nuestros libros, y poco a poco, comenzamos a leer cada una de las páginas, cada una de las fantásticas historias, a los pequeños y jóvenes que vienen tras nosotros.
Recordamos viejas historias: "cuando yo tenia tu edad y estaba en el colegio como tú, tenía un profesor..." rescatamos viejas películas y viejas canciones, y las ofrecemos a los jóvenes de hoy en día, más emocionados nosotros que ellos, y llevándonos una enorme satisfacción cuando vemos que a ellos también les gustan. Y entonces, otro engranaje hace clic en nuestro cerebro y nos damos cuenta de que actuamos como actuában nuestros padres cuando éramos pequeños, y nos llevaban al cine, nos compraban tebeos, abrían el baul y nos enseñaban historias y juegos de cuando ellos eran niños, y a veces disfrutábamos, y otras nos preguntábamos que tenía de especial aquella película o aquel juego que emocionaba tanto a papá o a mamá.

Estos días que siento que me hago viejo, pienso una vez más en no dejar de ser niño, en no olivdar lo que fuí hace ya algunos años, y, temeroso, me doy cuenta que seguir siendo niño no es seguir jugando como niño, sino jungando con los niños: compartir con ellos, participar de sus miedos y fantasías, reir con ellos, llevarles al cine, cantarles canciones, a veces con acierto, o tras con peor fortuna. Estar ahí, como estaban mamá y papá, sentados en un banco del parque, medio ocultos pero atentos a cómo nos perdiámos entre los columpios, o allá parados en la orilla de la playa, oteando el horizonte, y los renacuajos que querían adentrase solos en el..

Y no, no me sorprendo tampoco, de que de vez en cuando, además de reir y soñar con los niños, empiece a decirles aquello de:
"niño, deja ya de joder con la pelota
niño, que eso no se dice,
que eso no se hace
que eso no se toca."