Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 20 de diciembre de 2007

El rostro

La calle peatonal el domingo era un río de gente. Había caído la noche en la fría tarde de diciembre, pero la gente, encogida dentro de sus abrigos, oculta tras guantes y bufandas, paseaba tranquila, fluyendo lentamente, sin prisa por desembocar en ningún sitio.
él avanzaba entre la gente, pensativo, dejándose llevaro por las luces y los colores de los escaparates de tiendas y cafés, observando la gente que caminaba tranquilamente, sola, de la mano, conversando, siguiendo la mano impaciente de un niño, gente refugiada en su mundo, lejos del frío de invierno, buscando el calor de un café o de un sueño de plástico.
Allí estaba ella. La vio pasar fugazmente, un rostro anónimo, desconocido, pero por alguan razón, él se le quedó mirando. Sus miradas a pensas se cruzaron, pero, de pronto, él estaba allí quieto, observando aquel rostro de facciones finas y decididas, de mirada cálida y despreocupada y pelo lacio, libre, suelto al viento.
El encuentro a penas duró unos instantes, pero aquel rostro permaneció en su mente durante el resto de la tarde. En casa, ya en la cama, no conseguía dormirse, aquel rostro seguía ocupando su pensamiento, aparecía grabado en el interior de sus párpados, brillando bajo la luz de la lámpara de la habitación. Se levantó y sobre un papel esbozó aquel rostro con trazos rápidos, libres y concisos.
A la mañana siguiente el dibujo permanecía sobre el escritorio mirándole fijamente, llamándole. Volvió todos los días, paseo por la misma calle, esperando cruzarse con ella de nuevo, doblando las esquinas impaciente, deseando que ella apareciese al otro fugaz, como aquella vez. Sin embargo, no había rostro tras las esquinas, ni tras los cristales de los cafés.
El boceto a lápiz colgaba ahora de la pared de la habitación. Ella le miraba a través de aquellos ojos vivos de carboncillo, llamándole, invitándole. ¿Por qué, por qué? Qué tenía aquella cara. la había visto una sola vez, durante apenas unos instantes, sin embargo, le hipnotizaba. Había algo que le instaba a buscarla, a conocerla, a hablar con ella...

Erea domingo por la tarde, ya anochecida. La gente paseaba tranquilamente por la calle peatonal bajo el frío de invierno. El viento soplaba juguetón, haciendo volar las bufandas de los niños como cometas, un viento inquieto que se colaba por las rendijas de puertas y ventanas, despertando a la gente adormecida en sus casas, despojándoles de esa fina pátina de polvo que se había depositado léntamente la tarde del domingo.
En una casa un ventana estaba abierta. No había nadie dentro de la habitacón, iluminada a penas por la ténue luz de una farola. Un cuarto vacío, apagado, recorrido por el frío viento que entraba y revoloteaba llevándo consigo papeles de sueños acumilados durante años, arrancándolos de su prisión y haciéndolos volar libres por la ciudad como copos de una nevada temprana. Y allí, viajaba aquel rostro sobre papel, volando entre los edificios, pasando veloz por las calles, hacia los campos, más allá de las vías del tren.
Él, pensativo, aguardaba sentando en el vagón, esperando, nervioso, a que el jefe de estación tocara el silbato de salida. Vió el rostro pegarse al cristal durante unos breves instantes, y después desaparecer de nuevo llevado por el viento. "Esta vez no te escapas", pensó.
Se oyó un silbido. El tren avandonó léntamente la ciudad, perdiendose en la lejanía, iluminando a su paso la oscura y fría noche de invierno.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Impresionante. Gracias por una magnifica lectura