Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 10 de marzo de 2007

En un pueblo sin nombre. Quinta Parte

Registraron la casa a fondo, intentando localizar alguna nota, algún aviso de su amigo. No había nada sospechoso, no había ninguna nota en la nevera ni ningún papel sobresaliendo de los cajones del escritorio. Nada escrito en el espejo. Nada en ninguna parte que les hablara de la presencia de su amigo en el pueblo salvo la maleta, y dentro de ella, nada más que ropa revuelta, libros sobre cine y un par de LPs de rockabilly en el fondo.

Desesperados, se quedaron mirando por la ventana. A través de los resplandecientes cristales recién limpiados podían ver el viejo cine. La luz de la mañana comenzaba a colarse por la calle, acariciando con los rayos la enorme marquesina del cine. Un reflejo les cegó y les hizo despertar de sus pensamientos. El reflejo se repitió. Otra vez. Otra. Otra. Con la mano como visera, giñando un poco los ojos, intentaron descubrir el objeto que producía esos reflejos desde la fachada del cine. Era algo en la marquesina. Sí... había un pequeño espejo o un trozo de metal plateado encima de la marquesina, enganchado en el armazón de metal que servía de soporte al cartel de la película. Los reflejos seguían produciéndose. Jose miró su reloj.

-Fíjate. Se repiten con toda exactitud cada 60 segundos.

-Es Toño, seguro.

Bajaron raudos la escalera hasta la calle. Se asomaron cautelosamente por la puerta. Vía libre. No había un alma transitando. Cruzaron de una carrera hasta la entrada del cine. Se quedaron un instante quietos, mirándose el uno al otro, y empujaron a la vez la pesada puerta de cristal y armazón dorado. Entraron dentro del cine, la puerta, como se esperaban no estaba cerrada con llave y desde el vestibulo podían oir el familiar ruido del proyector. Avanzaron nerviosos hasta la entrada de la sala y se asomaron a través de las cortinas. Ernest Borngine se paseaba aburrido con sus amigos por la calle de un pueblo en la pantalla. No cabía duda. Toño estaba vivo. Ramón, el maquinista del cine guardaba varias películas clásicas en la cabina que reponía de vez en cuando. Y ahora estaba reponiendo la favorita de Toño en una extraña matineé sin público alguno. Algo les decía que no eran exactamente Ramón el que proyectaba hoy la película.
Avanzaron lentamente por el suelo de moqueta roja hasta la mitad del patio de butacas y se dieron media vuelta para alcanzar a ver el proyector. De pronto el chorro de luz se movió apuntándoles directos a la cara, cegándoles.

-¡Toño!- grito Ángel -¡Toño!

La luz del proyector volvió a enfocar a la pantalla.

-Subid. Ya conocéis el camino

Subieron rápidamente al entre piso y abrieron la puerta de la cabina de proyección. Al final de los peldaños les esperaba Toño. De lado, con su típica sonrisa parcialmente iluminada por la luz del proyector, parecía un espectro o un vampiro primo-hermano de Nosferatu. Tenía aspecto cansado, las pupilas dilatas, probablemente debido a haber pasado muchas horas en la oscuridad del cine. Se le notaba ansioso también por comunicarse con alguien, cruzar unas palabras con alguien que aún siguiese siendo él mismo.

-Sabía que me encontraríais -dijo Toño- Sí, tenía esa certeza. Si yo podía escapar de esos seres de ahí fuera, vosotros también. Algo nos tiene que haber enseñado la vida en la gran ciudad y la universidad, aunque sólo sea un poco de sentido común, desconfianza y curiosidad científica. Bien. No os voy a preguntar lo que habéis visto hasta llegar aquí, lo se de sobra. Pero puedo ver en vuestras miradas la misma desesperación e incredulidad que tenía yo apenas hace doce horas. Lo que os voy a contar seguro que os aclarará algunas cosas, o eso espero.

"Llegué hace dos días, y me encontré el pueblo tal cual te lo habrás encontrado tú esta mañana, Ángel. Por este pueblo hace ya años que no pasan los días. No voy a entrar en detalles con lo que ví, con cómo eran mis padres y mis hermanos. Son iguales que los vuestros, impasibles, fríos, como autómantas. Al principio yo tampoco entendía qué pasaba, ni pensaba realmente que estuviese pasando nada raro. A fin de cuentas la gente del campo es más parada, más tranquila y sencilla que la de la ciudad, y aunque yo sea parte de ella, 5 años en la gran ciudad bien pueden hacer que me olvide de mi vida anterior y ante un reencuentro ésta me parezca tan extraña.
Sin embargo había algo muy extraño en el aire. Mejor dicho, no había nada en el aire y eso era lo extraño. Seguro que ya sois familiares con esos setos. Sí, yo también fui invitado a participar en la poda, y eso que en mi casa no hay seto alguno. Vivo en un edificio de piso, con un sucio patio en la parte de atrás. No hay setos. Mi padre trabaja como todos en la factoria, no tenemos tierras. Pero ahora tenemos setos que podar en una parcela en el camino de la fábrica. Qué curioso que mi padre, que toda su vida ha estado ahorrando y haciendo malabarismos a final de mes para que yo y mis hermanas podamos estudiar, ahora, de repente, decida invertir en suelo rústico.
Si soy sincero, me picaba enormemente la curiosidad ante la insitencia de mis padres en que podase esos setos de la nueva finca, y, como no era el único podador, decidí aceptar el trabajo y acompañar a un pobre diablo que se equivocó y bajó del tren conmigo en la estación que no era la suya. Pobre. Un equívoco que le costaría la vida.
Era un hombre bién vestido, un viajante de la ciudad que había decidido ampliar su negocio de podadoras mecánicas hacia el oeste. Nadie se encargaba de nuestra región y decidió ser él el que diese el primer paso en la expasión de las podadoras mecánicas por aquí. No tenía pensado bajarse aquí, sino en el siguiente pueblo, que como sabéis tiene más tradición de pueblo agrícola que el nuestro, pero se despistos y bajó aquí. Cuando se dió cuenta, el tren ya arrancaba.
El caso es que el tipo de las podadoras mecánicas me dio lástima. No tenía más trenes hasta el día siguiente, y me ofrecí a enseñarle el pueblo y acompañarle por ahí a ver si conseguía colocarle a alguien una podadora. Pasamos por casa a dejar mi equipaje, y, cuando mis padres empezaron con el asunto de los setos, mi compañero-podador, como buen hombre de negocios vió su oportunidad perfecta para hacer negocio. Empezó a hablar de su podadora mecánica-útimo-modelo-que-no-consume-casi-gasolina-y que hace estoy lo otro y en un abrir y cerrar de ojos nos econtrábamos en la nueva finca de mi familia dispuestos ha hacer una demostración práctica del poder de las podadoras mecánicas último modelo. El tipo estaba tan entusiasmado poniedo a punto su cacharro para atacar a los setos, que no se dió cuenta de que de repente nos habíamos quedado sólos en la finca. Yo di varios pasos atrás, temeroso de que el invento podador acabase decuageringándose y la cuchilla acabase en mi cabeza, y el típo de la podadora comenzó su demostración. Al instante, en cuanto su aparato hubo corado un seto, un estraño gas acompañado de un ruido similar al de las aspiranas efervescentes salió de las ramas rotas y el tipo calló redondo al suelo."