Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 29 de junio de 2014

El derecho a ser iguales

"Recuerdo perfectamente el día que nací. Ahí estaba yo. Después de todo el estrés, descansado en una inmaculada cuna de cristal, en un cuarto enorme junto con mis 25 primeros compañeros. Todos adormilados y felices, con la misma expresión en la cara, todos rosados en impolutas cunas de cristal idénticas, tapados con idénticas mantas de color azul, o de color rosa: ah sí, eso era distinto: mi vecina de al lado era niña. En eso no podían hacernos iguales por suerte, y por desgracia: si eres niño azul, si eres niña rosa. ¿No podían esperar un poco antes de empezar a llenarnos el cerebro con estupideces?

Pero en fin, el caso es que ahí estábamos todos, en nuestras cunas con nuestras mantas, un inmenso mar azul-rosa a los ojos de nuestros padres, mirándonos ilusionados a través del cristal de la ventana del pasillo, cada pareja señalando confidencialmente una de las cunas. ¿Como podían saber, así a la distancia y en semejante cuadro fordista quién era quién? Estoy seguro que más de uno se equivocó al llevarse su bebé a casa. Los míos por suerte no, lo supe en cuanto mi madre me tomó en brazos: hay perfumes que ningún fabricante de cosméticos y colonias puede imitar u ocultar.

Mis primeros meses los pasé en casa, luego me empezaron a sacar a pasar en ese carrito con una odiosa capota que no me dejaba ver nada salvo la esperpéntica cara de alguna persona que se asomaba queriéndose hacer el gracioso. Creo que esas narices y manos en primer plano son el origen de mis pesadillas. Esas y el blanco inmaculado de aquella sala de las cunas.
El tiempo pasó por fin, yo crecí lo suficiente y el carrito se convirtió en una silla. ¡Ah por fin, ansiada libertad! Poder disfrutar del aire en la cara, del paisaje del parque. Lástima que la piloto de mi silla no se animase nunca a aumentar la velocidad. Recuerdo especialmente una de las primeras tardes: mi madre y mi abuela y unas cuantas madres y abuelas más, sentadas en los bancos de parque, conversando de lo que conversan las madres y abuelas que tienen un nuevo hijo o nieto, y nosotros: un ejército de sillas mirando al frente, esperando el toque de corneta, el disparo que marcase el comienzo de la batalla o la carrera. Un ejército recién nacido de sillas azul marino con sonrientes y ansiosos ocupantes que no entendían esa manía de sus padres de hacerlo todo igual. "Mira mi silla es igualita a la tuya" decía con sorna mi amigo de la derecha. "No, no la mía tiene aquí todavía una mancha del vómito del jueves ¡qué bien me quedó, mi madre aún no ha podido borrarla del todo! Estábamos bromeando sobre nuestras sillas igualitas producidas en serie (y en serio) cuando rauda ante nuestras narices pasó una niña sonriente, a toda velocidad en una silla pintada como un arcoiris. "¡¿Visteis eso?!". "¡Sí, sí!" gritamos todos sorprendidos e intrigados.
La niña no volvió a pasar volando en su silla multicolor, y pensaría que había sido un espejismo creado por nuestro desierto azul marino si no fuese porque a la salida del parque me encontré con esa niña jugando en el aire sostenida por las manos de su padre mientras su mamá descansaba -seguramente cansada de tanta carrera- apoyada en aquella maravillosa silla. Nunca se me había caído la baba durante tanto tiempo estando despierto. ¿De dónde habían sacado aquellos padres esas ropas que llevaban? Desde luego, nada que ver con la de mis padres, y nada que ver con mi aburrida camisa: la ropa de aquella niña parecía uno de mis maravillosos dibujos, esos que mi maestra miraba con falsa sonrisa y luego me decía: "Mira, se hace así". ¡Qué sabría ella! ¡Qué manía de atar y enmudecer al Pollock o al Miró, o al Kandinsky que todos llevamos dentro! ¡A la mierda la linea recta y el círculo concéntrico trazado con precisión de compás! No, tampoco eso: de palabrotas nada, Y cuidado con mancharle el babi (azul o rosa) del parvulario. Recuerdo la bronca que nos cayó, dos veces además, el día que la maestra nos dio témperas por primera vez y cada uno decidió arreglar su babi a su gusto. Qué poco duran las cosas buenas.

Unos años más tarde nos cambiaron el babi por unos uniformes azul marino, y a correr por la escuela. Aún recuerdo la liberación que suponían aquellas clases de gimnasia cuando uno podía soltarse la corbata y ponerse un chándal, azul marino y con letras amarillas. Desde luego, que borrachera de azul que cogimos todos durante nuestra infancia y adolescencia.
-¡No me vestiré de marinerito, no y mil veces no!
De poco sirvió mi grito de desertor a los 12 años a punto de hacer la primera comunión. Ni le sirvió a la inmensa mayoría de mis compañeros: Las niñas ensayando su día de boda vestidas de blanco y llenas de flecos, los niños de marineritos, uno de esos misterios sin resolver ¿que tienen los marineros de atractivo? A mi la primera imagen que me viene a la mente cuando pienso en marineros es la del tipo de los Village People o algo similar, que seguro era Gay. Si le hago caer al cura en eso, de una nos cambia a todos el traje de marinerito por alguna otra estupidez.

Uniforme de marinerito para la comunión, uniforme azul marino en el colegio. Toda mi vida escolar la recuerdo monocromática y monótona escrita con "letras cursivas de 75 grados según la normativa ISO", cuántos trabajos a doble espacio, letra 12 tipo Arial, justificado izquierda y ¡firmes!, le faltaba por gritar a algún profe. Clases en filas, todos bien ordenados, siempre el mismo color, siempre el mismo diseño estándar en los colegios, en todos los colegios. Y luego en el instituto, y en la universidad. El mismo diseño, el mismo método, el mismo patrón.

Así que hay pasan los años, primero vestido por papá y mamá, luego por algún fabricante de ropa que bajo la contundente frase "este año se llevan las camisas a cuadros" te obliga -a tí y a toda la sociedad- a uniformarse involuntariamente. Y poco a poco, la mayoría de nosotros deja de ver extraña aquella sala de hospital fordista, y deja de protestar por las estúpidas decisiones de colores, y acaba reproduciéndose y colocando el fruto del azar genético -único, distinto, irrepetible-, en una sala de hospital cuadriculadamente estandazarizada para poco a poco ir borrando todas las peculiaridades de ese nuevo ser y transformarlo en uno más, un individuo más, igual que el vecino, con las mismas características, sueños y deseos, para que no sufra y porque es nuestro deber como miembros de este maquiavélico plan "humano" que todos seamos iguales. Así lo reza la ley, así lo reza el gobierno, así lo rezan entre comillas esos señores que halan de los hilos.

Pues escúchenme. Yo no quiero ser igual. No se si podré romper mi molde, ese que ustedes hicieron de mi, ese que con tanto esmero he cuidado. Hoy, de pié frente a ese frío cristal de la sala post-parto del hospital he visto y sentido aquellos primeros momentos de mi vida y algo a hecho clic en mi interior. ¡Ay Señor! ¡Hasta a ti te han estandarizado, enseñándome el único y válido camino para llegar a ti, para compartir contigo! No, no, no. Mire señora enfermera, yo me llevo a mi hijo ahora mismo de esa esa antiséptica, antes de que se pierda entre la multitud. No me cuente cuentos estúpidos sobre vacunas y manuales para el cuidado de bebés, y puede quedarse su estúpida mantita azul. Mire señor ministro de educación, me llevo a mi hijo, quiero que aprenda a ver el mundo de verdad, que aprenda quien es, que saboree y disfrute su idioma, sus costumbres, sus tradiciones, y que vista con el colorido de ellas el frio gris de sus raíces cuadradas y decore con ellas los muros tristes de sus colegios monocromáticos. 

Quiero que crezca en igualdad a sus semejantes sí, con las mismas oportunidades, sí; quiero que sea parte de los constructores de este país, de este mundo sí; pero que sea el mismo: que tenga libertad para escoger su camino y libertad para elegir cómo caminar su camino. Que su propia manera de ser, sus raíces, sean las que den color a ese futuro país sin desaparecer, mezclándose en el crisol del futuro. Quiero que crezca en una sociedad en la que no se sienta discriminado por ser diferente, sino que crezca orgulloso de ser diferente.

Hoy me he quitado el uniforme. Se me han saltado varios botones de la camisa y no se dónde he dejado la corbata. Podría ser un drama, pero no lo es. Porque no me importa en absoluto. Hoy he recordado porqué vine a este mundo y lo que me pasó después y he pintado mi propia bandera; no me ha salido ninguna linea recta y los colores se han emborronado un poco. Es la bandera de la defensa del verdadero derecho a la igualdad: el derecho a ser todos libres, únicos e iguales a la vez. Iguales en nuestro derecho a ser diferentes."